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Hay personas que pasan gran parte de su vida dando órdenes a los demás, pero pocas se detienen a observar las órdenes que se dan a sí mismas. Deciden avanzar y luego retroceden actuando en contraorden. Prometen cambiar y vuelven a los mismos hábitos.
Se comprometen con una meta, aunque al poco tiempo permiten que la indecisión, la incertidumbre y el miedo a cambiar por temor a no saber que puede pasar con esos cambios, la duda o la inseguridad les termina indicando una dirección diferente, siendo esta una contraorden a la decisión tomada con anterioridad. Sin darse cuenta, comienzan a emitir constantes contraórdenes en su propia existencia, creando una lucha silenciosa entre lo que desean construir y aquello que terminan destruyendo con sus propias acciones, auto-saboteando su propia vida.
La contraorden no siempre se manifiesta en grandes decisiones. A veces aparece en los pequeños momentos de la vida cotidiana. Surge cuando una persona decide cuidar su salud y al día siguiente abandona su compromiso. Cuando se propone fortalecer una relación, pero sus actitudes contradicen sus palabras. Cuando anhela alcanzar un sueño, aunque permite que la desconfianza apague el impulso que la llevó a comenzar. Cada contradicción interna deja una huella, y con el tiempo esas huellas pueden convertirse en caminos de confusión, frustración y desgaste emocional.
Quizás una de las mayores tragedias humanas sea perder la confianza en uno mismo. Porque cuando nuestras decisiones cambian constantemente al ritmo de las emociones, los temores y las circunstancias, nos llevan a actuar en contraorden de nuestra voluntad inicial, por ello, comenzamos a sentir que no existe una dirección clara para nuestra vida, y terminamos extraviados en un laberinto de ideas sin motivación ni voluntad para trabajar en ellas.
Reflexionar sobre la contraorden es, en el fondo, reflexionar sobre la coherencia, la firmeza de la voluntad de la persona y la capacidad de sostener aquello que consideramos correcto, incluso cuando aparecen las dudas. Después de todo, la primera persona que necesita confiar en nuestras decisiones somos nosotros mismos.
Pero, ¿Qué es la Contraorden? La contraorden suele definirse como una instrucción que modifica, revoca o anula una orden previamente establecida. En determinados contextos puede ser una herramienta necesaria para corregir el rumbo cuando aparecen nuevos elementos de juicio. No obstante, cuando observamos este fenómeno desde una perspectiva más humana, descubrimos que la contraorden también puede manifestarse en la vida cotidiana como el acto de contradecir nuestras propias decisiones, deshacer nuestros compromisos o abandonar aquello que habíamos considerado correcto.
Es el momento en que una determinación pierde fuerza frente a la duda, cuando una convicción cede ante el miedo o cuando una promesa personal queda suspendida por la inseguridad. Poco a poco, estas pequeñas revocaciones internas terminan creando una sensación de desorden que afecta nuestra confianza, nuestra estabilidad emocional y la claridad con la que avanzamos por el camino de la vida.
Uno de los ejemplos más comunes de contraorden puede observarse dentro del hogar. Imaginemos a un padre que establece una instrucción para su hijo, buscando orientarlo o enseñarle un límite. Sin embargo, poco tiempo después, la madre interviene y emite una indicación completamente distinta, anulando o contradiciendo la decisión anterior.
Aunque para los adultos pueda parecer una situación sin importancia, para el niño representa un mensaje confuso. Ya no sabe cuál de las dos figuras de autoridad debe seguir, comienza a cuestionar la firmeza de las normas y puede desarrollar inseguridad al momento de actuar. Con el tiempo, esta dinámica puede generar desconfianza, temor a equivocarse e incluso miedo a expresar sus dudas por no saber cuál será la reacción correcta. Además, las contraórdenes frecuentes suelen convertirse en una fuente de tensión entre los padres, debilitando la unidad que el hijo necesita percibir para sentirse seguro y emocionalmente estable.
Algo similar ocurre en las relaciones de pareja cuando dos personas establecen acuerdos que luego son revocados por una de ellas. Puede tratarse de una decisión económica, un proyecto en común, una norma de convivencia o un compromiso relacionado con el crecimiento de la relación. Cuando uno de los miembros aprueba una dirección y posteriormente actúa en sentido contrario, se produce una fractura silenciosa en la confianza. La otra persona comienza a preguntarse si puede creer en las palabras que escucha o si debe prepararse para un nuevo cambio inesperado.
Poco a poco surgen la incertidumbre, el desgaste emocional y la sensación de estar construyendo sobre terreno inestable. Las contraórdenes repetitivas dentro de la pareja no solo afectan los acuerdos; también erosionan la credibilidad, dificultan la comunicación sincera y abren la puerta a conflictos que podrían evitarse mediante la coherencia, la responsabilidad y el respeto mutuo.
Ahora, antes de preguntarnos cuántas contraórdenes hemos recibido a lo largo de la vida, quizás sea más valioso preguntarnos cuántas hemos emitido nosotros mismos.
¿Cuántas veces hemos decidido avanzar y luego hemos retrocedido por miedo? ¿Cuántas promesas nos hemos hecho para mejorar nuestra salud, fortalecer nuestras relaciones o alcanzar un sueño, aunque después hemos permitido que la duda, la inseguridad o la comodidad revocaran aquello que habíamos determinado?
La contraorden no siempre se escucha en voz alta; muchas veces ocurre en silencio, dentro de nuestros pensamientos, cuando una parte de nosotros quiere construir mientras otra insiste en destruir lo que ya habíamos comenzado. Allí nacen numerosos conflictos internos, la frustración de no cumplir nuestras propias metas y la sensación de caminar en círculos sin comprender por qué.
Reflexionar sobre la contraorden es una invitación a desarrollar coherencia entre lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos. Cada decisión sostenida con firmeza fortalece el carácter; cada compromiso honrado fortalece la confianza en nosotros mismos.
Cuando aprendemos a gobernar nuestras contradicciones internas, también comenzamos a mejorar nuestras relaciones familiares, sociales y afectivas, porque dejamos de transmitir confusión a quienes nos rodean. Tal vez el verdadero desafío no consista en dirigir a otros, sino en aprender a dirigir nuestra propia vida con claridad, responsabilidad y consciencia. Después de todo, una persona que logra ser fiel a sus principios se convierte en un punto de estabilidad para sí misma y para quienes caminan a su lado.
Recuerda que, muchas personas creen que sus conflictos comienzan cuando alguien les falla. Sin embargo, algunos de los mayores conflictos nacen cuando empezamos a fallarnos a nosotros mismos mediante pequeñas contraórdenes que debilitan nuestra confianza, nuestra voluntad y nuestro carácter. Este tipo de conducta es muy silenciosa y difícil de detectar, por ello, tienes el compromiso de auto-reflexionar y revisar cómo están las contraórdenes que emitimos contra nosotros mismos.
Redacción: Rocío Rueda A,
Oficina de Comunicaciones de El Harán.
El Harankâdo, Colombia.
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